domingo, 9 de octubre de 2005

Weekend en Londres (I)

Durante mi segundo año de carrera universitaria, después de los parciales de febrero, un grupo pensamos que lo mejor para descargar tensiones sería un fin de semana en Londres. El martes lo decidimos y el jueves por la tarde tomábamos el avión con una de esas ofertas de último minuto. Yo estaba a punto de cumplir los veinticinco, por lo que sacaba unos años a mis compañeros de estudios, y ejercía un poco de padre de familia. Nos distribuimos en habitaciones dobles, chicas con chicas y chicos con chicos. Todo muy polite. Unos cuantos dejaron las maletas sin deshacer y se fueron a pasar la noche por los alrededores de Picadilly Circus. Entre ellos estaba mi compañero de habitación. Otros no tenían tanta prisa y se permitieron el lujo de deshacer las maletas y tomar una ducha, mientras decidían que hacer esas primeras horas en Londres. Yo era uno de esos.

Ya me estaba vistiendo para salir a dar una vuelta cuando llamaron a la puerta. Era Rebeca, una de mis compañeras de clase. En diciembre había cumplido los veinte, y le sentaban de maravilla a ese cuerpo con finas curvas. Su media melena castaña estaba mojada, y en su mano llevaba un secador de pelo. “Si no te molesta, necesitaría usar uno de los enchufes. Mercè está secándose el pelo y el otro enchufe no funciona. ¿Puedo pasar?”. ”Claro faltaría más”. Yo llevaba aún la toalla anudada a la cintura y solo me había puesto por encima la camisa sin abrochar siquiera. Ella llevaba unos tejanos de esos que se ajustan al cuerpo como un guante, y una simple camiseta. “Puedes pasar al baño, yo ya me estoy cambiando. Recojo mis cosas y todo tuyo”. Mientras ponía mis cosas de aseo en el neceser, ella paso por detrás de mí para conectar su secador de pelo. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo. Una de sus manos pasó por debajo de mi brazo hasta llegar a mi pecho. “Me gustan los hombres de pelo en pecho” dijo mientras me acariciaba el torso desnudo. Su mano descendió hasta mi ombligo, donde el vello asciende desde la zona púbica. “Eso ya no es el pecho Rebeca”, le dije con una sonrisa en los labios. “¿Y te molesta?” contestó ella mirándome como no le había visto nunca hacerlo. No pude resistir más y la bese. Sus labios eran dulces, de fresa, y su lengua enseguida busco la mía. Sus manos desanudaron la toalla de mi cintura, cayendo al suelo y dejando mi sexo al descubierto. Sus manos lo tomaron delicadamente y empezaron a acariciarlo. La erección fue creciendo a la vez que yo le quitaba la camiseta dejando al descubierto sus pequeños pechos de un blanco inmaculado. Y es que su piel era blanca, sin imperfecciones, suave como la de un melocotón. Mientras yo le besaba los pechos, ella seguía acariciándome el sexo, que ya había llegado al grado máximo de excitación. Nos tumbamos en la cama y ella empezó a besarme el cuello, descendiendo por el pecho hasta llegar a mi polla. La tomó con sus labios y empezó a chupar solo la punta. Sus labios ascendían y descendían húmedos sobre mi glande. Su mano seguía pajeándome lentamente. Retiré su pelo mojado del cuello y empecé a acariciarlo suavemente. Noté como la piel reaccionaba bajo mis dedos. Ella empezó a bajar más sus labios introduciéndose más mi polla dentro de su boca. El ritmo se aceleró.

En aquel momento llamaron a la puerta. Nos incorporamos enseguida, yo me volví a anudar la toalla a la cintura y ella se puso la camiseta. Era Marina. “¿Está aquí Rebeca?”. Marina era mayor que Rebeca,(veintitrés calculo yo que tendría en aquella época) una melena morena rizada y unos enormes ojos color miel que enamoraban a primera vista. “Sí, pasa”. Marina se quedo mirando a Rebeca “¿Qué te pasa?” Rebeca estaba colorada. Le habían subido los colores a la cara. “¿Qué estabais haciendo?” dijo mirando primero a Rebeca, que tenía la mirada clavada en el suelo, y después girándose hacia mí. Acercándome a ella le dije: “¿Tú que crees?”. “Creo que sabes que la que tendría que estar aquí soy yo y no ella”. Marina y yo siempre habíamos tenido muy buena química, y siempre nos estabamos lanzando indirectas. “Yo me voy a mi habitación”, dijo Rebeca que continuaba roja como un tomate. Marina se acerco a ella y le dijo algo al oído mientras le ponía sus manos en los hombros. Después de hablar con ella, la cogió de la mano y las dos se acercaron a mí. Marina me susurró a un centímetro de mi oreja: ”Esta noche Londres tendrá que esperar. ¿Podrás con dos?”.

3 comentarios:

gallardo dijo...

Excelente historia, la clásica, el sueño del pibe, dos chicas lindas calientes, y un tipo suertudo que haría un milagro.
Creo que esta fresca la manera de narrar, se deja leer, como yo quisiera que se dejaran tomar algunas de mis amigas, pero bueno, la escritura tiene sus ventajas.
Saludos

Kahlo dijo...

¿y luego qué pasó?... me encanta leerte :)

gemmita dijo...

uishhhhh..y..??